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COMUNICACIÓN SUSPERTU
DE LA INFANCIA A LA ADOLESCENCIA
FACTORES QUE SUELEN INFLUIR O DETERMINAR SU EVOLUCIÓN COMO PERSONAS
«Los adultos de hoy fueron niños ayer. En función de lo que vivieron, recibieron y sintieron cuando eran niños, adolescentes o jóvenes, podrán "ofrece y dar" hoy o cuando tengan la responsabilidad de hacerlo.»
Pamplona, 03 de abril de 2009
Fernando Fernández Álvarez
En primer lugar agradezco a los organizadores de esta jornada la invitación de estar hoy aquí, por pensar que esta opinión puede resultar de interés.
Quiero remarcar que lo que voy a compartir, es fruto de una visión personal y por lo tanto cuestionable y discutible. Creo que también es evidente que esta visión está directamente vinculada con los 27 años que llevo trabajando en el mundo de la protección infantil desde diferentes programas y cometidos, tanto en el trabajo de campo y en el quehacer técnico diario, como también desde la parte de gestión técnica que es la que desarrollo en la actualidad.
Al perfilar el enfoque desde el que quería compartir estas reflexiones, he querido hacerlo sin entrar en la elaboración de clasificaciones y tablas desde las que sin duda, se pueden enmarcar tanto factores protectores como desfavorecedores que influyen y condicionan las capacidades y la evolución de las personas, para hacerlo desde una perspectiva más vivencial.
Quiero hacer hincapié en la deliberada ambigüedad del título de esta comunicación al utilizar el “suelen influir o determinar”, ambigüedad que tiene su razón de ser en lo que para mí constituye un verdadero enigma y que surge del hecho de, cómo teniendo la raza humana la misma base biológica, podemos llegar a ser tan diferentes los unos de los otros, en función del tipo de experiencias vitales que vamos adquiriendo y que se nos van sumando a lo largo de nuestra existencia.
Desde un marco muy racional suelo plantearme la vida como un conjunto formado por muchas fases, etapas y vivencias, y de éstas me fijo especialmente en algunos de los múltiples aspectos que suelen incidir en el itinerario de ese proceso vital que va del recién nacido al adolescente.
Me suelo plantear el inicio de este tramo, como lo que a su vez ha supuesto la finalización de otros dos procesos anteriores que, a buen seguro, tienen su relevancia en la vida y que son, la conformación genética y biológica de los rudimentos del ser y su evolución en el seno materno.
Con un enfoque similar pienso en la etapa adolescente desde otras dos perspectivas:
La del propio adolescente, como el resultado de lo que hasta esos momentos ha sido toda una vida, su vida.
La otra, vista desde quienes lo están acompañando, generalmente los padres, quienes están percibiendo lo que en ese momento está siendo el fruto de unos esfuerzos que convergen en esa persona, con sus experiencias únicas e intransferibles, intransferibles para el que está creciendo y también para quienes lo acompañan.
Todo esto a su vez me surge porque, atendiendo al motivo de esta jornada en la que se nos pide analizar los principales factores de riesgo y de protección en adolescentes, yo, evidentemente condicionado por mi vida laboral, percibo que la forma en la que una persona puede llegar a vivir, está íntimamente ligada con unos pocos aunque intensos y complejos procesos vitales.
Es por esto por lo que siempre me ha interesado conocer y analizar donde están las causas que pueden y creo que suelen estar en el origen de las capacidades para afrontar las dificultades con las que nos encontramos las personas en nuestros itinerarios vitales y, evidentemente, analizar qué es lo que influye para que un adolescente, tenga un potencial que le permita afrontar satisfactoriamente los continuos envidos que tiene que atender en su vida, frente a este otro adolescente, ese otro joven, esa otra persona que, ante el mismo envido sucumbe y no le resulta fácil ganar la partida, incluso le es complejo “ganar alguna mano” en este proceso que es la vida.
Es desde esta preocupación y desde esta perspectiva desde donde analizo el fondo de este mensaje.
Vuelvo a “echar mano” de las vivencias que tuve a lo largo de los ocho años en los que trabajé con un grupo de niños y niñas de orfanato y desde un contexto de protección de acogimiento residencial, cuando me llamaba mucho la atención observar cómo alguno de aquéllos niños y niñas buscaban insaciablemente disponer de experiencias de tipo material, regalos, juguetes, dinero, ropa, chuches y cómo se excitaban especialmente en los prolegómenos de su posesión, para acto seguido, una vez que los tenían, casi sin lugar ni tiempo de haberlos hecho realmente suyos, los arrinconaban e incluso regalaban, volviendo a estar expectantes ante una nueva oportunidad de tener un nuevo objeto, con una evidente ansiedad permanente que resultaba agotadora para ellos y sorprendente para mí.
Había otros niños y niñas que sin embargo, eran capaces de esperar con ilusión el regalo material y se les veía gozar con él una y otra vez, dando muestras de su contento y siendo capaces de trasmitir su alegría y no mostrar tantos indicadores de ansiedad por conocer cuándo les iba a tocar una nueva remesa de gratificaciones materiales. Además tenían la capacidad de demostrar su agrado y de haber sabido ver y percibir, con qué cosas y con qué pequeños gestos se conseguía también hacer vibrar al adulto que les hacía llegar las cosas, materiales y también esas otras que tienen que ver con el sentimiento y que llamamos afectivas.
Los primeros niños aprendían por lo general bastante bien, las rutinas de los actos sociales y las respuestas también sociales, convencionales y esperables en un niño, como es el saludo, el beso de rigor tras las presentaciones, el comportamiento correcto y socialmente aceptable, haciendo el esfuerzo de poner en práctica estos aprendizajes, ya que también solían ser origen, cuando menos, de algún tipo de recompensa.
El segundo grupo de niños aprendían todo esto de igual manera, pero se percibía una espontaneidad diferente en sus manifestaciones, en su forma de hacerlas.
Analizando la información que disponía de la vida anterior de cada uno de ellos, y agrupando las variables que podían ser similares en sus vidas y por lo tanto en los antecedentes familiares, sociales, etc. de cada uno de los grupos, comprobaba que los primeros niños habían vivido la práctica totalidad de sus vidas en institución, desde el origen de su existencia, mientras que los segundos habían contado con un tiempo de su experiencia vital que la habían compartido con una familia, que además solía ser la suya.
Había también algunos niños y niñas que, aún habiendo vivido toda su vida en el orfanato, tenían actitudes y aptitudes similares a los del segundo grupo, los que tenían una capacidad que les permitía que su disfrute perdurara en el tiempo.
La variable que encontraba en estos y que los aproximaba de alguna manera a aquéllos, era que habían contado con lo que voy a llamar el “apadrinamiento” estable de alguna persona del medio en el que vivían, que los singularizaba positivamente y que los elegía a ellos y no a otros, en definitiva que habían tenido la oportunidad de vivir unas experiencias que les generaba unas capacidades con las que desarrollar y elaborar sentimientos que tienen que ver, además de con lo material, con todo aquello con lo que se va cimentando lo vivencial, lo interno.
En este tiempo me llamaba también mucho la atención cómo aquéllos niños y niñas que tenían la conciencia y el sentir de pertenecer, de ser de alguien ajeno al hogar de acogida, de saber que tenían algo aunque ese algo difícil de definir para ellos, no se prodigara en visitas, llamadas o atenciones.
Estos niños tenían mejores recursos personales de adaptación y evolución hacia parámetros de normalidad, es decir, desarrollando una forma de conducta y comportamiento que les reportaba una mayor autonomía y capacidad personal, social, relacional, afectiva, incluso intelectual, que aquéllos otros que no lo tenían.
También me resultaba muy llamativo ver cómo, los que tenían una familia con posibilidades y recursos personales para tenerlos algún fin de semana en casa, o bien algún periodo de vacaciones, aunque su medio material fuera pobre, incómodo, poco limpio, lo preferían sin duda a estar en el hogar de acogida al que por cierto no le faltaba de nada en cuanto a equipamiento, confort, comida, actividades y profesionales dedicados a ellos.
Volví a tener sensaciones similares durante otros ocho años, cuando trabajé desde el recurso de acogimiento familiar con menores en situación de desprotección cuyos orígenes e historias familiares eran muy parecidas a los anteriores, recurso del que aprovecho este espacio y este privilegiado momento en el que estoy hoy y ahora con todos Vds., para hacer un paréntesis en esta exposición y definir el acogimiento familiar como el recurso de protección en el que creo firmemente y con el que mejor se puede ayudar a muchos de los menores que han tenido que salir o los hemos tenido que sacar de sus casas como consecuencia de situaciones de desprotección severas y para los que siempre estamos muy escasos de una de las materias primas que lo posibilitan, como lo son las familias con las que se constituye el recurso.
Desde aquí hago un llamamiento a la sensibilidad de quienes en algún momento se han sentido tentados en dar algún paso en este sentido, insistiéndoles en que profundicen en el conocimiento de este recurso.
Decía que volví a tener las mismas sensaciones cuando analizaba la evolución de algunos de los menores acogidos y cómo dicha evolución tenía más que ver con su historia pasada, que con las habilidades y entrega de las familias acogedoras, que ciertamente es muy importante, pero creo que era una variable que aun siendo importante, puede tener menos trascendencia que la que realmente tiene la mochila de vivencias y experiencias con la que llegaba el menor acogido a la familia acogedora.
Con el paso de mi tiempo laboral y a lo largo de otros nueve años valorando a familias con menores en situaciones de desprotección severa, he ido conociendo otras en las que aparecen menores que siempre han estado dentro de estructuras familiares y, sin embargo, su evolución ha estado llena de dificultades, también de maltrato y sobretodo de infelicidad.
He visto cómo el hecho de contar desde el inicio de la vida con un hipotético soporte familiar, no es el único ingrediente que va a asegurar una adecuada evolución de sus miembros. Hay que asegurar la presencia de otros factores que tienen que estar presentes de forma paralela al hecho de contar con ascendientes, factores que tienen que ver con las cualidades y capacidades de dicho soporte.
A través del contacto con esta realidad he percibo que las personas, cuando estamos en los inicios de nuestra formación como tales, necesitamos algo más que lo que la naturaleza requiere para que se genere la vida, es decir, unos padres.
Una vez que contamos con esta base, importante, hay que ofrecer un poco más:
Cubrir las necesidades materiales que permitan una vida digna, y agasajar al nuevo ser con el calor humano que va ser tan importante para su bienestar futuro.
Ambas cuestiones debieran provenir preferiblemente de los mismos adultos que posibilitaron la vida y que debieran estar comprometidos con el acompañamiento de lo que en su día fue un proyecto que se ha convertido en persona.
Es aquí y junto con los que voy a llamar como “los hacedores de la vida”, o en su defecto con quienes tienen que tomarles el relevo cuando faltan estos, donde hay que aportar los complementos que ayuden a afianzar el éxito del proyecto del que hablaba al principio.
Además vamos aprendiendo que hay aspectos en la vida de las personas, como es el de la necesidad de sentirse querido, lo que hará posible a su vez que germine en ellas la capacidad de querer, que prácticamente solo se puede iniciar y desarrollarse cuando se ha aprovechado lo que en el campo se llama como el “tempero” adecuado, que no es otra cosa que el momento crucial, dentro de la etapa concreta del desarrollo infantil y más bien corto en el tiempo, para llevar a cabo esa siembra que haga posible el arraigo de la semilla del sentimiento, de la capacidad de sentirse querido y que posteriormente le otorgará la facultad de poder querer, que luego también, con el riego y abono necesario y que parte del sello personal de quien lo promueve, pueda crecer de la mejor manera posible, pero en definitiva crecer.
Hay investigadores (como por ejemplo Jonh Bowlby) que corroboran lo que intuitivamente hemos podido apreciar, y nos reafirman en la importancia y trascendencia que tiene para el futuro de cualquier persona, disponer del calor y atenciones que debemos recibir las personas en los inicios de nuestra andadura por la vida, que preferiblemente deben provenir de figuras estables. Estos mismos estudios también corroboran cómo se genera un riesgo muy serio para el bienestar futuro de la persona, si esto no se da y por lo tanto no se recibe en el momento necesario.
Vamos comprobando también cómo en el desarrollo de la vida de las personas hay tres hitos realmente trascendentales que van a tener un peso específico, en el resto de sus experiencias vitales, y que tendrán su trascendencia tanto en función de cómo hayan sido, como también de cómo hayamos podido influir externamente en ellos.
Estos hitos tienen que ver con la carga genética que se configura en la concepción, la experiencia intrauterina de la gestación y la experiencia que va sobreviniendo desde el momento del alumbramiento.
Llegados a este punto podríamos inclinarnos tanto en nuestros quehaceres personales como también en nuestras responsabilidades profesionales hacia una línea determinista y, si realmente creemos que aquéllas personas a las que no les ha favorecido la vida y ya desde sus inicios no han contado con un entorno estable que les haya dotado del andamiaje en el que apoyarse a lo largo de su existencia, habría realmente poco más que hacer que intentar contribuir a su subsistencia de la forma más digna posible.
Reflexionando en esta línea, cuando analizo cómo les va en la vida a unas cuantas decenas de personas que he conocido cuando eran niños y que hoy ya son adultos, veo que en algunos de los que seguiría encuadrando en el primer grupo del que hablaba al principio, bastantes de estos continúan buscando con la misma ansiedad la forma de llenar o de saciar uno de sus huecos internos que realmente no tiene fondo, y sin embargo pretenden llenarlo a través de experiencias vitales muy intensas y muchas de ellas también muy destructivas.
Por el contrario encuentro a otros de ese mismo primer grupo que, partiendo de experiencias iniciales parecidas han conseguido serenar su ansiedad por la búsqueda permanente de ese algo que no eran capaces de definir pero que sin embargo han alcanzado hacer suyo, lo que les ha permitido procesar su vida desde otros parámetros diferentes de lo material.
En esta misma línea encuentro también a otros que como yo, han detectado la misma evolución en este perfil de personas.
Aquí también podemos apoyarnos nuevamente en autores y estudios (entre los que destaca Boris Cyrulnik), que dan un mensaje muy esperanzador en relación a lo que puede llegar a ser una persona a la que aparentemente la vida no le ha resultado especialmente favorecedora sobretodo en sus inicios, pero que ha contado, en uno o varios momentos críticos de su proceso evolutivo, con personas y situaciones que han despertado o generado en ellos un resorte que les ha permitido crear un cimiento que les posibilita andar por la vida y crecer de una forma integrada en el medio social en el que viven.
Esto, a mi entender, es el punto de inflexión entre lo que puede y debe ser nuestro trabajo, y creo que el de muchos de los que hoy nos encontramos aquí, incorporando a la responsabilidad asistencial que ciertamente tiene que estar presente, una intervención multidisciplinar que sea capaz de compensar los déficits de aquéllas variables que pueden resultar determinantes para contribuir al bienestar de las personas con las que trabajamos, acotando este término de bienestar como el que posibilita entender y ampliar su capacidad empática, que favorecerá a su la capacidad y la forma individual de sentir la vida, persiguiendo su propio bienestar, lo que trasladado al contexto del sentimiento se traduciría en sentar las bases individuales con las que se va a intentar ser feliz.
Hay muchísimos aspectos que no estoy abordando y que tienen que ver también con el éxito o el fracaso de las personas en sus procesos vitales de adaptación. Uno de ellos puede ser el de la enfermedad, enfermedad de los progenitores o de su descendencia, o de ambos, otro es el de la discapacidad intelectual, otro gran campo es el de las vivencias de maltrato severo en sus múltiples variantes, que llegan a sufrir los menores que viven en núcleos familiares que cursan con dificultades por diferentes causas.
En estos 25 minutos que tengo como techo en mi intervención y de los que ya llevo consumidos una buena parte, evidentemente no puedo pretender abordarlos todos y no solo por la falta de tiempo.
Dentro de lo que es el conjunto de la población general, en la que hay un porcentaje que cursa con dificultades severas para su adaptación exitosa a los procesos de sus particulares vidas, considero que las bases que he presentado hasta este momento, se hacen extensivas a todas ellas, puesto que cuando hablo de población hablo de personas y como tales, todas necesitamos lo mismo desde el inicio de nuestra existencia y lo necesitamos, en mayor o menor medida, para generar y disponer del potencial que nos permita una correcta adaptación a la vida que cada uno va a afrontar.
Vuelvo a recalcar lo que considero como algo importante a la hora de plantearse desde dónde, cuando y cómo hay que diseñar fórmulas sociales de intervención y de ayuda.
Hoy por hoy y al margen de los importantes avances en el campo de la genética, lo que heredamos desde este contexto es algo que viene voy a llamar como determinado o conformado.
Sin embargo en esas otras dos partes que también influyen y mucho en la evolución futura de las personas, y que se definen como experiencia intrauterina y experiencia tras el nacimiento, sí que podemos y debemos incidir.
Considero que esta incidencia hay que llevarla a cabo tanto desde nuestra faceta personal como responsables de nuestra descendencia, como también desde esa otra faceta de personas que profesionalmente tenemos alguna responsabilidad con la población infantil y juvenil que inicia su experiencia vital desde ambientes poco favorecedores.
Pienso que si desde esos momentos se ha podido ofrecer, un calor afectivo intenso desde un medio material con un mínimo de dignidad, estaremos aumentando lo que podemos llamar como capacidad resiliente, que a su vez la podemos traducir como “el capital de esa cuenta de ahorro” que, si la tenemos bien nutrida, la podremos ir utilizando en el momento que se necesite”.
Ahora bien, también creo que hoy en día, este ahorro debe ser cuantitativa y cualitativamente más sólido que lo que se necesitaba en generaciones anteriores y evidentemente no me refiero a la situación económica actual, que sin duda influye en el bienestar de las personas.
En muchas de las situaciones que he conocido cuando he valorado casos de desprotección o de desamparo, conforme se va profundizando en las vidas y vivencias familiares, sus historias, sus capacidades, sus genogramas, he encontrado serias carencias en alguno de estos aspectos de los que vengo haciendo referencia.
Afortunadamente las situaciones de desprotección o desamparo que constituyen la base de mi trabajo, suponen un porcentaje pequeño al compararlo con el conjunto de la población general.
No obstante aprecio otras muchas situaciones en las que estando cubiertas las necesidades del recién nacido y del niño, de una forma más o menos aceptable, acontece que al ir creciendo, surgen dificultades que para muchos resultan difíciles de superar y para otros generan en sus vidas lesiones muy dolorosas.
¿Cómo afrontarlas y prevenirlas? Estoy convencido que las fracturas y las heridas casi nuca surgen de un día para otro y las causas de su aparición, tienen mucho que ver con las experiencias vitales de quienes hoy son adultos.
Estos se ven condicionados por la experiencia que incorporaron cuando eran hijos y cómo ésta repercute y condiciona la percepción que tienen respecto de cuál debe ser la mejor manera de hacer las cosas a la hora de estar, acompañar, exigir, permitir, prohibir, conocer, respetar, demostrar nuestro interés, en definitiva continuar estando muy presentes en la vida de los que hoy son sus hijos.
Quiero insistir en que las necesidades de las personas, en sus diferentes etapas evolutivas de desarrollo y sobretodo, en los primeros momentos de la vida, hoy siguen siendo prácticamente las mismas que han sido siempre, independientemente de los cambios sociales que se van imprimiendo en una sociedad que evoluciona.
A mi entender, no resulta fácil sincronizar la velocidad con la que se presentan los cambios sociales que se objetivan, con la que somos capaces de interiorizar e imprimir.
A la hora de satisfacer nuestras propias necesidades personales y sobretodo las emocionales que tenemos como adultos, hay que atender a la vez las que también tienen los que dependen de nosotros y que es preciso asegurar para su correcto desarrollo.
Hay una parte de la población con la que intervenimos desde el ámbito de la desprotección infantil, en la que aparece con frecuencia una falta de atención por parte de sus progenitores o personas adultas de referencia, dándose por lo tanto situaciones de grave negligencia en su cobertura, que desembocan entre otras en deprivación afectiva .
Una parte importante de estos adultos, carecen de la predisposición para comprender que su tarea fundamental, una vez que son padres, es la de invertir tiempo con sus hijos, aprendiendo a ser padres conforme ellos mismos van creciendo como tales con sus hijos.
Esta tarea resulta siempre difícil y con frecuencia poco grata. Además no es sencillo encontrar la gratificación o la recompensa a los esfuerzos invertidos a corto plazo, cuestión que suele empujar a la búsqueda de otro tipo de actividades menos comprometidas y con una gratificación más inmediata y engañosamente saciante.
En estas situaciones se objetiva la prevalencia de una inmadurez personal, social y familiar importante que dificulta la comprensión de las necesidades del otro.
Para finalizar y trasladando lo expuesto a una vertiente eminentemente práctica, señalar cómo a las dificultades intrínsecas e inherentes de la profesión de educar para la vida, se suma la propia de lo que cada uno de nosotros “somos y podemos dar y ser” que está directamente vinculado a lo que hemos recibido y asimilado, y por otra parte de cómo conjugarlas con la pertenencia a una sociedad que evoluciona en sus formas y también en su fondo, a una velocidad que suele superar nuestra capacidad de adaptación.
Si vamos a cuantificar el resultado de nuestras capacidades, como personas que somos, no es fácil conseguir el diez. En muchas ocasiones apenas el aprobado.
En esos momentos no estaría mal buscar y encontrar el tiempo y el momento en el que reflexionar y compartir, acerca de lo que hacemos y cómo lo hacemos, sobretodo con quienes dependen de nosotros.
Si como fruto de dicha reflexión no nos sentimos satisfechos, no está de más buscar humildemente ayuda en aquéllos espacios desde los que nos la pueden ofrecer.
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